La historia de la familia Bernardi y de cómo un taller de refrigeración mendocino llegó a asociarse con una empresa líder a nivel mundial.

Cacho Bernardi arreglaba equipos de frío en Mendoza. Era mecánico de refrigeración: no fabricaba nada, daba servicio. Eso era Kingspan LTN antes de ser Kingspan LTN.
Más de cincuenta años después, sus hijos Gustavo y Ariel —presidente y vicepresidente de la compañía— dirigen una empresa con cinco plantas, cuatro en Mendoza y una en Buenos Aires, que está integrada a una multinacional irlandesa y construye módulos habitacionales en la base Petrel, en la Antártida.
Entre el taller del padre y el lugar más frío del planeta hay una idea muy simple, que tardaron años en ver.

«Empezamos como un taller familiar», cuentan Gustavo y Ariel. «Con el tiempo, fuimos transformándolo en una fábrica, sumando personas con pasión y construyendo juntos la empresa que somos hoy, sin perder nunca nuestras raíces».
El salto no fue automático. En lugar de quedarse a administrar lo que ya funcionaba, los hermanos recorrieron el país y el mundo buscando entender hacia dónde iba la industria. Se fueron a ver cómo se construía en Italia y en China.
Volvieron con una conclusión: el futuro de la edificación estaba en la eficiencia térmica y en la rapidez de ejecución.

De ahí salieron dos empresas con la misma raíz técnica y dos mercados completamente distintos.
Friolatina fabrica cámaras frigoríficas y equipos de frío de alta complejidad, desde una heladera comercial hasta los centros logísticos de Grido. Acerolatina produce paneles tipo sándwich para techos, muros y cerramientos industriales.
La escala cambió con los años, a fuerza de reinvertir en la fábrica.
Gustavo y Ariel lo explican con una frase que es casi una declaración de principios: «El diferencial está en haber hecho los deberes antes. Conozco empresarios que tienen la mejor tecnología para uso personal, pero poca inversión en sus empresas».
Lo que une al taller de Cacho con la Antártida es una sola idea: la tecnología que aísla una cámara de frío es la misma que aísla un edificio.
Durante décadas, el trabajo de la familia fue mantener el frío adentro. En algún momento entendieron que podían usar exactamente lo mismo para dejarlo afuera. No tuvieron que aprender un oficio nuevo: tuvieron que darse cuenta de cuál era el que ya tenían.
Ese cambio de mirada es lo que convirtió a una fábrica de cámaras frigoríficas en un proveedor de la construcción. El panel que antes servía para que un depósito de helados conservara la temperatura, ahora sirve para levantar un hospital, una nave logística o un campamento minero.
Según datos de la compañía, sus sistemas permiten reducir entre un 30% y un 50% el consumo energético, un 60% los residuos y entre un 40% y un 60% los tiempos de obra.
La prueba más visible de esa idea llegó en plena crisis sanitaria. En 2020 fueron elegidos para proveer los materiales de 49 hospitales modulares. La rapidez de montaje y las propiedades de los paneles fueron claves para responder a una necesidad que no podía esperar.
Hoy su trabajo está en la minería de Veladero y Cerro Negro, en la infraestructura energética de Río Turbio, en obras logísticas en El Chaltén, en naves logísticas para Mercado Libre y como proveedor estratégico dentro del programa de desarrollo de YPF.

En 2025 compraron el 100% de Friostar y sumaron un 20% de capacidad productiva. La operación incorporó líneas especializadas en aislación de PIR, EPS y lana de roca mineral, con el plan de federalizar la producción y acortar la logística.
Y en 2026 se aliaron con Kingspan, la multinacional irlandesa. La integración suma a la Argentina a la red latinoamericana del grupo, que ya opera en México, Panamá, Colombia, Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile. Gustavo y Ariel siguen al frente de las operaciones argentinas.
«Gracias al respaldo de Kingspan podremos proyectarnos a un ritmo mucho mayor, potenciando la calidad, cultura y compromiso que nos definen», dice Gustavo Bernardi, presidente de Kingspan LTN.
Hoy están construyendo módulos habitacionales en la base Petrel, en la Antártida. Es un desafío logístico y térmico extremo, con finalización prevista en 2027.
Cincuenta años después de aquel taller, la familia que mantenía el frío adentro de una cámara construye en el lugar más frío del planeta. Esta vez, para dejarlo afuera.

Hay una decisión de la empresa que no tiene que ver con los paneles. En Mendoza, emplean a personas privadas de su libertad, integrándolas como pequeños proveedores internos para la fabricación de componentes menores. La tercera generación, además, lidera la Academia LTN, un espacio de formación técnica que busca dar oficio a sectores vulnerables.
«Nuestro gran desafío y trascendencia pasa por generar trabajo y dar un oficio, sin juzgar», dicen Gustavo y Ariel. «Eso es lo sostenible que nos enorgullece como familia».
Los hijos de Gustavo y Ariel ya trabajan en la empresa. Son la tercera generación de una historia que empezó con un hombre arreglando heladeras, y tienen una intención declarada: romper el mito de que la tercera generación es la que debilita a las empresas familiares.
«No solo les enseñamos, sino que aprendemos mucho de ellos», explican. «Esta combinación no es competitiva sino complementaria».
El padre les dejó un taller que arreglaba frío. Ellos descubrieron que ese oficio servía para construir. Nadie sabe todavía qué van a encontrar los que vienen.
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