Juan Abarca fue director de Supply Chain para Estados Unidos y Canadá. Vivió en Manchester y en Philadelphia. En marzo de 2025 volvió a la Argentina con su mujer y sus dos hijos para fundar Habity, una app que te premia por mejorar tus hábitos. Le dijeron que estaba loco. Él también lo pensó.

Hay una frase que a Juan Abarca se la dijeron cuando contó que volvía a la Argentina para armar una startup, y que él mismo repite sin resentimiento, porque sabe que era cierta:
“El bono anual que cobrás acá no son ni diez años de tu sueldo bruto allá.”
Tenían razón. Pero la familia y las ganas tiraban más.
Juan tiene 39 años, nació en la Ciudad de Buenos Aires y vive en Olivos. Empezó a trabajar a los 18, en IBM, como soporte técnico. Desde ese día, dice, siempre trabajó de nueve a dieciocho.
Estudió Dirección de Negocios. Pasó por finanzas en IBM, y después construyó su carrera en supply chain, primero en Syngenta y después en FMC: de analista a director regional. Tuvo la suerte, cuenta, de cambiar de rol cada dos años en promedio. Le gustaba viajar, trabajar con equipos, formar y desarrollar gente.
En 2016, Syngenta le ofreció una asignación internacional como Global Project Manager y se fue a vivir a Manchester, donde estuvo dos años. En enero de 2023, FMC le ofreció ser director de Supply Chain para Norteamérica —Estados Unidos y Canadá— y se mudó a Philadelphia con su mujer, Agus, y con Felicitas, que tenía seis meses.
Llegó a tener 75 personas a cargo. Tenía una oficina cerrada, con mesa aparte para reuniones y un proyector, en el piso 23, con vista al río.
Habity no nació en 2025. Nació antes, y la dejó.
Juan había tenido una idea parecida en 2022, todavía en Argentina. Pero justo nació su primera hija, le ofrecieron irse a Estados Unidos, y la guardó en un cajón.
No era la primera vez que emprendía. "Siempre emprendí", dice. Su último proyecto antes de irse fue una franquicia de empanadas y pizzas en Martínez, que funcionó muy bien hasta la pandemia y que vendieron en 2022, justo antes de viajar.
Lo que lo frenaba para dar el salto no era el sueldo. Eran los beneficios: la obra social, el auto, todas esas cosas que hacía muchos años no pagaba por los roles que tenía. "Significa mucho más allá del sueldo", explica.
La decisión de volver no fue una sola cosa. Fueron varias, al mismo tiempo.
Se habían ido con una beba de seis meses, y Agus había dejado su carrera —era abogada penalista en el Poder Judicial— para meterse de lleno en diseño de interiores junto a su mamá. Ella también quería volver a su proyecto.
La empresa donde Juan trabajaba pasó dos años muy malos mientras estuvieron allá. Él se había ido con la idea de trabajar en la estrategia de largo plazo, conocer el mercado americano, recorrer distribuidores, campos, productores. Terminaron siendo dos años de trabajo intenso para bajar costos. Nada de todo lo otro.
Y en el medio, en septiembre de 2024, nació Bauti. Con dos chicos tan chicos, lejos de todos, se les hacía difícil.
Volvieron en marzo de 2025. Feli, que ya tenía dos años y medio, quería estar con sus primos. Juan siguió trabajando remoto hasta septiembre. En julio, mientras tanto, desempolvó la idea. Sabía que el mercado laboral en la Argentina estaba complicado, así que decidió reflotarla y meterle a full.
Le preguntamos si hubo un momento puntual en el trabajo que lo hizo decir "hasta acá". Contestó que no. Lo que hubo fue otra cosa: ser padre, querer estar más presente, poder manejar sus propios tiempos.
Un gran equipo. La posibilidad de seguir creciendo en las oficinas centrales de la compañía, donde estaban todos los ejecutivos. Amigos de todas partes del mundo.
¿Se arrepintió? "Sí, la verdad que sí", dice. "Más que nada porque sabía que si me quedaba un par de años más, seguramente ya aseguraba la economía familiar por varios años más."
Es una respuesta poco común en una nota sobre emprendedores. La mayoría dice que nunca dudó. Juan dice que todos los días piensa en volver a buscar trabajo.
"Los primeros días son buenísimos, sentís que estás de vacaciones", cuenta. "Después, cuando empezás a quemar muchos ahorros, te asustás." Y agrega, entre paréntesis: "Y me sigue pasando".
Lo primero que salió mal fue lo que suele salir mal. Se entusiasmaron con las proyecciones financieras y no vieron que el crecimiento iba a ser mucho más progresivo hasta que lanzaron. Recién ahí entendieron que, sin un presupuesto alto, iba a llevar tiempo.
Salió a buscar una ronda semilla entre amigos y familiares. El primer feedback fue excelente y varios quisieron poner plata. Después, algunos recalcularon. Y Juan tomó una decisión que le costó: prefirió no pedir financiamiento hasta que el proyecto estuviera caminando. "Fue dura la decisión al principio, porque quería decir que yo iba a bancar todo. Pero prefería eso a tener la presión de manejar plata de otros sin el negocio andando."
El equipo se armó rápido, en unos tres meses: un socio, un programador, marketing. El socio es Martín Sánchez —"el Turco"—, que es el marido de su prima y siempre había tenido ganas de lanzarse en algo. Cuando Juan le contó la idea, le encantó, y se hizo cargo de la parte administrativa, contable y legal.
Le preguntamos qué es lo más difícil de emprender que no se imaginaba desde adentro de una empresa. La respuesta no fue la plata.
Fue no recibir dos mil mails por día. No tener esa validación constante. Y cumplir roles que antes daba por hechos: legal, técnico, marketing, ventas.
De los veinte años en corporaciones se lleva dos cosas: saber formar equipos y armar proyectos. Y algo que tuvo que hacer al revés: "desaprender un montón de vocabulario que claramente solo entendemos los que estuvimos en corpo".
¿Qué extraña? "La oficina, los cafés y mates en los pasillos, los viajes. La comodidad."
Y el cambio de escenario lo resume en una sola frase: pasó de la oficina cerrada del piso 23 con vista al río en Philadelphia a estar en el playroom de su casa, con los tenders de ropa y los chicos abajo.
Juan lo explica como se lo explicaría a su abuela: es una app que te ayuda y te premia por mejorar tus hábitos. Hacés una actividad, la subís, la validan, sumás puntos y los canjeás por productos.
Las actividades van desde entrenar y salir a correr hasta reciclar, hacerse un chequeo médico o donar. Los puntos se cambian por productos de marcas aliadas: deporte, regalería, y se están sumando suplementos, alimentos saludables e indumentaria. Todo relacionado con el fin de la aplicación.
La validación tiene tres instancias. Primero corre un sistema automático que chequea que la foto sea real y que la fecha y la ubicación coincidan. Si encuentra algo raro, una inteligencia artificial revisa que la foto corresponda a la actividad declarada y aprueba o rechaza. Y si las dos instancias tienen dudas, pasa a aprobación manual. Todo en un máximo de 24 horas.
Menos del 1% de los usuarios intentó hacer trampa. Cuando pasó, el sistema funcionó y el usuario fue eliminado. Lo que sí vieron es que mucha gente sube varias fotos de una misma actividad, no para hacer fraude, sino porque todavía no entiende cómo funciona.
El nombre salió de mezclar "hábitos" con la terminación de nombres que ya son parte del paisaje: Spotify, Cabify, Shopify.
La actividad que más publica la gente es running. "Es enorme la comunidad de running que hay en la Argentina", dice Juan. "La cantidad de carreras de todo tipo, por todo el país."
Él habla con los usuarios todo el tiempo: por Instagram, por mensajes directos, por comentarios. Algunos tienen su WhatsApp y su mail de Habity, porque al principio era desde ahí que se contactaban.
Se acuerda de la primera publicación de alguien que no conocía. Fue una chica, que además fue la primera en hacer un canje. Guardó la publicación, y el primer canje fue a entregárselo él personalmente, para escuchar su feedback.
Y hay una historia que sigue de cerca. Un matrimonio. La mujer le contó que la app hizo que su marido mejorara su día a día, que se esforzara por entrenar, que tuviera una vida más sana. Le escribe y le agradece siempre, dice, porque le dio constancia.
También le preguntamos por la crítica más dura. Contestó con algo que cualquier emprendedor va a reconocer: gente que publica comentarios diciendo que la app no funciona, sin haberse creado siquiera un usuario. "Inentendible", dice, "sin saber lo que nos complica a nosotros como emprendedores cada comentario negativo o cada mala reseña en Google".
Habity 2.0 va a ser una app más fácil de usar, con una dinámica más simple y más gamificación: que no sea postear por postear, sino ganar medallas y premios por desafíos con marcas.
En tres años, Juan imagina un ecosistema de emprendedores del bienestar comprometidos, con marcas que de verdad busquen cambiarle la vida a la gente.
Hay algo que muchos usuarios le preguntan, y que él quiso que estuviera en la nota: por qué hacer algo que sabés que no te va a dar plata por varios años. "Es justamente ahí donde está lo que más me gusta de esta idea. Que sea sustentable en el tiempo, que tenga un propósito, y que no sea solo financiero de corto plazo."
Volvió por su familia. Y a la pregunta de qué tendría que pasar para sentir que valió la pena, responde que por ellos siempre vale la pena, que verlos contentos es lo importante. Pero que sentir que la app le cambió la vida a la gente sería su objetivo máximo.
Le preguntamos qué le diría a alguien de cuarenta y pico que está pensando en dar el mismo salto. Su respuesta es, curiosamente, lo contrario de lo que él hizo:
"Que emprenda trabajando y valide de esa forma la idea. En Argentina es muy importante tener estabilidad. Una cosa potencia a la otra."
Juan Abarca, fundador de Habity
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