
Mientras una parte del debate público todavía discute si la inteligencia artificial es una moda o una revolución, en la Argentina ya hay compañías —desde startups y fintechs hasta gigantes como Mercado Libre e YPF— que la usan para mover números concretos de facturación. El problema, según especialistas consultados en distintos foros recientes, es que ese proceso convive con una informalidad laboral que ya alcanza al 45% de los trabajadores y una brecha de capacitación que deja a la mayoría fuera de la transformación.
La informalidad laboral en la Argentina, incluyendo el empleo independiente, alcanza el 45%, según mediciones del INDEC citadas en el 62° Coloquio de IDEA.
Hace más de una década, los asalariados informales representaban cerca del 33% de los trabajadores; hoy, considerando solo a los asalariados, esa cifra subió a 38%.
La Argentina se ubica así cerca del promedio latinoamericano (47%) y dejó de integrar el grupo de países de la región con los niveles más bajos de informalidad.
El 86% de los trabajadores argentinos afirma no haber recibido ninguna capacitación en inteligencia artificial por parte de su empleador.
Según estimaciones de Accenture, el 44% del tiempo de trabajo (no de los empleos) corresponde a tareas que la IA podría, en teoría, realizar.
El uso intensivo de IA alcanza a cerca del 10% de las empresas argentinas, frente a un nivel inferior al 20% en Estados Unidos.
Durante el panel "La IA de acá: adopción, regulación y el futuro del trabajo", el investigador principal de Fundar, Daniel Yankelevich, fue tajante al describir el momento que atraviesa el ecosistema empresarial argentino: "En Argentina ya hay compañías que la usan para mover números concretos de facturación".
Según su diagnóstico, el terreno más fértil para esta adopción temprana se encuentra en las startups y las fintechs, sectores que por su propia estructura ágil y su menor dependencia de procesos legados pueden incorporar herramientas de inteligencia artificial con mayor velocidad que las empresas tradicionales.
El fenómeno, sin embargo, no se limita a las compañías de base tecnológica. Mercado Libre, la plataforma de comercio electrónico y fintech más grande de la región, es uno de los ejemplos citados de una empresa de gran escala que ya integra IA en distintos puntos de su operación.
Otro caso paradigmático es el de YPF, que opera desde hace años un "cerebro digital" basado en digitalización e inteligencia artificial para monitorear sus operaciones, y que más recientemente avanzó con un centro de inteligencia en tiempo real específicamente diseñado para optimizar la perforación y terminación de pozos en Vaca Muerta.
El contraste con ese optimismo tecnológico aparece de forma nítida cuando se mira la evolución del mercado laboral en su conjunto.
Según datos presentados por Santiago Bulat, economista jefe de IDEA y socio de Invecq Consulting, durante el 62° Coloquio de IDEA, hace más de una década los asalariados informales representaban alrededor del 33% de los trabajadores; hoy esa proporción trepó a cerca del 38%.
Cuando se incorpora el empleo independiente —a partir de una nueva métrica que el INDEC releva desde aproximadamente 2023—, la informalidad alcanza el 45% del total.
Ese nivel ubica a la Argentina cerca del promedio de América Latina, que ronda el 47%, lo que implica un cambio de posicionamiento relevante: el país dejó de integrar el grupo de naciones de la región con los niveles más bajos de informalidad laboral, una categoría que supo ocupar en otros momentos de su historia económica reciente.
Uno de los datos más preocupantes que se desprenden de los relevamientos recientes tiene que ver con la preparación del propio mercado laboral para absorber el cambio tecnológico en curso: el 86% de los trabajadores argentinos afirma no haber recibido ninguna capacitación en inteligencia artificial por parte de su empleador.
Esa brecha resulta particularmente crítica si se considera que, según estimaciones del equipo de investigación económica de Accenture, el 44% del tiempo de trabajo en la Argentina —medido por tarea, no por puesto completo— corresponde a actividades que la IA podría, en teoría, realizar.
Vale la aclaración que suelen remarcar los propios especialistas sobre este punto: que una tarea sea automatizable no implica necesariamente que el puesto de trabajo completo desaparezca.
El 56% restante del tiempo laboral, según el mismo estudio, corresponde a tareas físicas o de interacción humana que exigen improvisación, responsabilidad o criterio, actividades que la tecnología actual no está en condiciones de reemplazar.
La lectura que se desprende de ese dato es que el escenario más probable, al menos en el corto y mediano plazo, es de "potenciación" más que de reemplazo directo de los puestos de trabajo existentes.
Pese al protagonismo creciente de la inteligencia artificial en el debate público, su adopción efectiva dentro del entramado empresarial argentino sigue siendo limitada: el uso intensivo de IA alcanza a cerca del 10% de las empresas del país, un porcentaje incluso menor al que se observa en Estados Unidos, donde esa adopción todavía se mantiene por debajo del 20%.
El impacto de la tecnología, además, no es uniforme: resulta considerablemente mayor en compañías vinculadas directamente a la tecnología de la información, y menor en aquellas actividades donde tiene mayor peso la interacción humana directa y el criterio profesional, como remarcó Diego García, representante de Despegar, durante el mismo panel de IDEA.
Más allá de los datos agregados, distintos análisis especializados en el futuro del trabajo vienen advirtiendo sobre un fenómeno más silencioso pero igual de relevante: el riesgo de que se consolide una generación de trabajadores excluidos de los beneficios de la transformación tecnológica.
Según remarca un informe especializado en la transición tecnológica del mercado laboral argentino, los trabajadores informales enfrentan una "exposición sin red de contención" frente a la irrupción de la IA, a diferencia de quienes se desempeñan dentro del sector formal y cuentan con instituciones —sindicatos, obra social, aportes jubilatorios— que pueden amortiguar, al menos parcialmente, el impacto de estos cambios.
Ese riesgo se profundiza, además, por un fenómeno que ya se observa a nivel global y que empieza a replicarse en la Argentina: la contracción de entre 14% y 25% en las vacantes para perfiles junior, documentada en distintos mercados laborales, lo que amenaza con debilitar los mecanismos tradicionales de ingreso y entrenamiento profesional de los trabajadores más jóvenes, justo en el momento en el que más necesitarían adquirir las habilidades vinculadas a estas nuevas herramientas.
Francisco Laspina, economista especializado en el tema, resumió ante el mismo foro de discusión una de las condiciones que considera indispensables para que la Argentina capitalice el potencial de la inteligencia artificial sin profundizar la exclusión laboral: "La IA es una oportunidad para aumentar la productividad laboral, pero para que ese potencial se concrete también hace falta crecimiento económico".
Santiago Bulat, por su parte, coincidió en que el desafío de fondo no es tanto una crisis de desempleo en sentido estricto, sino una transformación profunda en la composición de los puestos de trabajo, que exige políticas activas de capacitación y formación continua para evitar que la brecha entre quienes acceden a estas herramientas y quienes quedan afuera se termine de consolidar.
¿Cuál es el nivel de informalidad laboral en Argentina en 2026? Según datos del INDEC citados en el 62° Coloquio de IDEA, la informalidad laboral —incluyendo asalariados informales y trabajadores independientes— alcanza el 45% del total, cerca del promedio de 47% de América Latina.
¿Cuántos trabajadores argentinos recibieron capacitación en inteligencia artificial de su empleador? Solo el 14%, según los relevamientos citados en el debate sobre el futuro del trabajo: el 86% restante afirma no haber recibido ninguna formación en IA por parte de su empleador.
¿Qué porcentaje de las empresas argentinas usa inteligencia artificial de forma intensiva? Alrededor del 10%, un nivel inferior al de Estados Unidos, donde ese uso intensivo todavía se mantiene por debajo del 20% de las empresas, según datos presentados en el Coloquio de IDEA 2026.
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